Vayámonos
Sálvame de esta rutina, de este estable malestar
Duéleme, vuelve a hacerme sentir viva, quiéreme mal
Quiero que te me antojes imposible.
Cógeme, haz conmigo, a ratos, lo que quieras,
grítame cuando me vuelva loca,
vuélveme loca tú.
Inspírame, mátame un poco todos los días,
dame alguien a quien odiar.
Castígame con el delirio de tu ausencia siempre que me lo
merezca,
enséñame,
que antes de ti nadie supo cómo y cuánto puedo y quiero.
Pon mi vida patas arriba,
rompe esta calma que cala mucho más que cualquier tormenta.
Que aquello por lo que antes pedía a ese nadie de allá
arriba
por las noches está acabando conmigo,
maldita la estabilidad que me ahoga y esta trabajada no
infelicidad.
A penas sé ni qué escribir.
A penas sé por qué llorar.
Supongo que por ese irracional deseo,
que a todos nos persigue,
de ansiar aquello que no podemos tener.
Quise,
quise mucho y no precisamente bien.
Tal vez amé desde el pretérito con el que se conjuga lo que
uno pierde sin querer.
Después odié,
odié más de lo que seguramente era justo,
más de lo que seguramente era sano,
quizás, precisamente, para ahuyentar ese vacío que todo lo
llena de nada.
Que por errar deseando no desear más de la cuenta,
hoy me veo escribiéndole a nadie,
implorando a ese ateo cielo al que a veces sin querer
recurro,
pidiendo a gritos que me devuelva aquello que un día casi
termina conmigo:
Si no tienes a nadie a quien odiar, terminas odiándote a ti
mismo.
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